domingo, 24 de septiembre de 2017

Diálogo, diálogo, diálogo. El pensamiento mágico y el debate catalán

No se si también a los lectores de este blog, pero a mí ya me irritan profundamente las cansinas llamadas al diálogo que desde todos los frentes se hacen como mecanismo para resolver la crisis política generada por el desenvolvimiento del procés soberanista catalán. Pero ¡qué pesados y de pensamiento homogéneo por no decir único son los miembros de nuestra casta política! Todos, desde el "amado líder" de Podemos, don Pablo Iglesias, hasta el "romántico cruzado" don Oriol Junqueras de ERC (sus declaraciones acerca de que a los responsables del procés se les persigue por hacer el "bien" dan miedo pues colocan un enfrentamiento político en el ámbito teológico de la lucha del bien contra el mal), pasando por todos los demás, incluidos personajes tan estrambóticos como el ínclito y ubérrimo Alcalde de Marinaleda, el señor Gordillo (quien -debe ser cosa de la edad- parece no haber oído nunca las opiniones que los independentistas catalanes han tenido y tienen sobre el PER y demás ayudas a los "vagos" andaluces). Enfin, que  todos, todos, parecen niños de un colegio de primaria en la que tras una reyerta en el patio, la maestra les convoca para que hagan las paces.  

Es el caso que para mí, esas repetidas llamadas al diálogo no son muchas veces sino una muestra clara de pensamiento infantil o mágico, al mismo nivel intelectual del "sana, sana, culito de rana" como terapia clínica. No es por cierto  por azar que tal forma de abordar los conflictos sea la forma tradicional de abordarlos por parte de la Iglesia, pues sólo desde la fe se puede pensar que la repetición de jaculatorias y otros rezos a una divinidad invisible e inactuante pueden alterar los problemas del mundo.

La Economía y la Ciencia Política saben desde hace mucho tiempo que no todos los conflictos pueden resolverse por negociación y diálogo. En un artículo seminal de James Fearon titulado "Rationalistic Explanations for War", aparecido en la revista International Organization en 1995, se demuestra cómo en el caso de un conflicto o disputa entre dos agentes o actores  por quedarse con un bien indivisible, el diálogo y la negociación son una pérdida de tiempo y un recurso al pensamiento mágico.

En efecto, supongamos que X es un bien o recurso que dos agentes se disputan y que ambos estiman (o es) indivisible (en nuestro caso, X sería el espacio territorial catalán tal como se definió y estableció en 1833 por Javier de  Burgos, de donde quizás vengan  todos los líos territoriales en nuestro desvencijado país). Pues bien, resulta claro que a menos que se admitiera (cosa que no he oído por ninguna parte) que Cataluña pueda "trocearse" de modo que pudieran coexistir una Cataluña española   y una Cataluña "catalana"/ República Catalana, Cataluña es un recurso "indivisible", y se le pueden aplicar los argumentos de Fearon. 

(De paso hay que señalar obligadamente que es por cierto extremadamente curioso que los mismos que señalan que España no es "una", o sea, que afirman que España puede trocearse y aspiran a ello, o sea, los independentistas catalanes se les "abran las carnes" de sólo pensar que Cataluña pudiera perder una sola hectárea de su actual extensión. Para ellos, Cataluña es tan "una, grande y (ojalá pronto) libre" como lo es  España para una parte de sus ciudadanos) 

Veamos. Dado que X es indivisible, no hay obviamente manera de repartirlo: o se lo queda uno de los que se lo disputan o el otro. Hay obviamente una "solución" conflictiva: X se lo queda el más fuerte. Pero, sin duda, esa "solución" no es eficiente pues supone arrostrar muchos costes e incluso acabar con X. Imaginemos que dos personas quieren quedarse con una estatua. Si se ponen a luchar por ella, ello consume recursos a la vez que en el fragor de la pelea pueden romperla.

Esta ineficiencia significa que, técnicamente, cabe imaginar alguna una solución no conflictiva. Esta solución es la que cualquiera pudiera imaginar pues es de uso cotidiano en muchas disputas deeste estilo: echar X a suertes, de modo que se lo lleve el que gane en una lotería. Imaginemos que estas navidades los niños del Colegio de San Ildefonso en Madrid tienen una tarea adicional a extraer y cantar los premios de la lotería, y es que uno de ellos ha de meter la mano en una cesta y sacar una bola. Si la bola es blanca, Cataluña sigue siendo española, y las cosas siguen como hasta ahora salvo porque los independentistas dejarían de dar el coñazo; si es negra, Cataluña se independiza de buenas maneras, es decir, sin enfrentamientos ni venganzas ni "malos rollos", de "buena manera" pues al estilo de la separación entre Chequia y  Eslovaquia, que se separaron formando ambas parte de la Unión Europea. Asunto solucionado, ¿no?

No del todo, no. Pues está la cuestión previa de cuántas bolas de cada color ha de haber en la cesta. Pues, si se piensa un momento, para aceptar la lotería como medio de zanjar la disputa, cada uno de los que disputan ha de pensar que ello les conviene. Y en términos económicos, eso pasa si cada uno estima que la probabilidad de ganar en la loteria por lo que para él vale quedarse con todo X es mayor que el coste esperado de luchar por X (el coste de la pelea más los costes que supone la destrucción de parte de X en la misma).  Ahí la negociación y el diálogo tienen su papel. 

Por poner un ejemplo. Supongamos que X vale 100€ para el agente A , y que el coste de pelearse es de 50€. Entonces A exigiría para aceptar un reparto por lotería más de un 50% de probabilidad de ganar en ella, por ejemplo un 51%, de modo que el beneficio esperado por participar en la loteria (el producto de la probabilidad de ganar (51%) por el valor de X (100€), o sea 51€) sea mayor que el coste esperado de luchar (50€). Para que el otro agente el B aceptase participar en la lotería debiera entonces aceptar que su probabilidad de ganer fuese un 49% o menos.

En el caso de la "cuestión catalana", ¿qué probabilidades de ganar en el sorteo serían aceptadas por el gobierno de España y también por el govern de la Generalitat? Es difícil imaginar qué probabilidad de ganar exigiría como mínimo el primero y aceptaría el segundo, pero dado que el Estado español  es más "fuerte" política, militar y económicamente que la Generalitat está claro que no se conformaría con un 50% de probabilidades de ganar. Podemos imaginar, por seguir jugando mentalmente, que como mínimo el Estado exigiría un 65% de probabilidad de ganar en la lotería y que la Generalitat lo acabase aceptando dada su relativa debilidad. Ello daría a la Generalitat un 35% de probabilidades de éxito que corresponde (o quizás incluso supera) al porcentaje de votantes independentistas sobre el censo electoral.

Así que, si se llegara a este acuerdo, los niños de San Ildefonso encargados de resolver de una vez por todas el cansino problema del encaje de Cataluña que tantas neuronas ha consumido de tantos eminentes pensadores, deberían de sacar un bola de una cesta que contuviese 100 bolas, 65 "blancas" y 35 "negras". Tal distribución de bolas de color respondería, por otra parte, a  las "recomendaciones" internacionales de Venecia o al dictamen del Tribunal Supremo de canada que pedía para una independencia de Quebec de una mayoría cualificada de electores.

Sencillo, ¿no? Y, además, barato. ¡Que ya está bien de perder el tiempo y de destrozar arboles para carteles y propaganda y de ensuciar la bella Barcelona y de aguantar a prepotentes líderes políticos ocupando el espacio televisivo y radiofónico!. Pero, ¡ay! esta solución tan equilibrada y amable no es factiblr por una sencilla razón que recibe (en la Teoría de Juegos) la denominación de: "el problema del compromiso", o por decirlo más fino en inglés, "the commitment  problem".

Y es que sucede, como señalara Fearon en su artículo, que tras el sorteo del bien indivisible, quien perdiera no tiene el menor incentivo en aceptar el resultado, o sea, en respetar el compromiso previo, por la sencilla razón que quien pierde ha de ponderar esa pérdida real (caso de que acepte el resultado del sorteo) con el beneficio esperado de no aceptar el resultado y volver a la casilla inicial e iniciar una "guerra" de algún tipo (ya económica ya militar) por quedarse con todo X. Imaginemos que el niño o niña de San Ildefonso saca una bola negra, ¿es imaginable que el estado aceptase irse sin más ni más de Cataluña y actuar como si nada hubiese pasado? Y si la bola que saca es blanca, ¿abandonarían los independentistas su objetivo que para muchos es la razón de su vida? Me resulta difícil imaginar una solución "pacífica" definitiva. 

Para no quedarnos con "mal sabor de boca", puede decirse que hay un atisbo de esperanza frente a la negrura que supone el "problema del compromiso". Y es que apareciese otro actor (¿la Unión Europea?) con capacidad para castigar a quien no respetase la solución a la que se llegase por sorteo (por ejemplo, expulsión y aislamiento de la UE). Quizás, en tal caso, en la medida que los costes de incumplir el compromiso fuesen lo suficientemente elevados, la solución de sorteo tendría una viabilidad.  

domingo, 17 de septiembre de 2017

Ada Colau y la "Tragedia de lo Común"

En la (ya lejana) entrada anterior se defendía la "lógica" subyacente a los gravámenes impositivos sobre los propietarios de pisos que, gracias a las nuevas plataformas en internet, son puestos en alquiler turístico. Estos impuestos tienen  un objetivo claramente "confiscatorio", y añadiré que a "mucha honra", pues pretenden recuperar para los habitantes de una ciudad, como por ejemplo Barcelona, al menos parte de los rendimientos de la riqueza que colectivamente han creado en el curso de la historia y con sus modos de vida, "riqueza" de la que los turistas quieren participar/disfrutar y están dispuestos a pagar por ella,  impidiendo por lo tanto que se apropien enteramente de los rendimientos de esa riqueza colectiva, como rentas de situación, esos propietarios de pisos.

Aunque la lógica microeconómica pueda estar clara, para muchos sin embargo no es enteramente convincente en la medida que no tendría en cuenta los efectos externos positivos de tipo pecuniario y "macroeconómico", que se derivan del incremento en la oferta de pisos en alquiler turístico. La argumentación vendría a decir que, en la medida que la existencia de esos pisos turísticos permite alojar a más visitantes, a más turistas, ese aumento supone un incremento en la demanda de otras actividades económicas (restaurantes y bares, taxis, museos, tiendas de recuerdos, establecimientos de diversión, etc.) que se benefician así, indirectamente, de esa afluencia extraordinaria de turistas que la existencia de pisos en alquiler turístico permite. 

Ciertamente el argumento es correcto, y habría de tener una adecuada consideración en cualquier política municipal que haya de instrumentarse en esta materia. Pero el que existan esos efectos externos positivos (o externalidades positivas) de tipo pecuniario no puede hacer olvidar la existencia y volumen de otros efectos externos negativos de tipo pecuniario y también "tecnológico" que inevitablemente acompañan al incremento de la oferta de alojamientos turísticos. Externalidades negativas que se derivan del hecho de que la "riqueza" urbana es lo que se denomina un recurso comunal  o de libre acceso, o más sencillamente, un común.

Los economistas clasifican los bienes o activos en general, de muy diversas maneras. Una de ellas atiende a su posición a lo largo de dos dimensiones: uso o disfrute rival o exclusivo  y posibilidad de exclusiónde ese uso o disfrute. Con arreglo a esta clasificación, un bien es privado puro si un agente puede excluir a los demás del uso de una determinada unidad de ese bien y si la unidad de ese bien que consume o de la que disfruta no la puede disfrutar o consumir nadie más que él. Por ejemplo, un botellín de cerveza puede considerarse un bien privado puro ya que su dueño puede excluir a cualquier otra persona de su uso si así lo quiere (o puede permitirlo ya sea gratuitamente o, por ejemplo,  a cambio de una cierta cantidad de dinero) y también sucede que nadie más que una determinada persona puede beberse ese botellín concreto. Por contra, un bien público puro es un recurso o bien del que, por un lado,  no se puede excluir a nadie y, por otro, del que todos los individuos disfrutan a la vez. El ejemplo típico es la defensa nacional. Nadie puede ser excluido de esa protección y todos la difrutamos a la vez. En tercer lugar, están los denominados bienes-club, son aquellos bienes que se disfrutan o usan colectivamente pero sucede que de ese colectivo puede ser excluidos otros individuos. La pertenencia a clubs de cualquier tipo así como la asistencia a un cine o a una representación teatral, pueden ser considerados bienes club. El precio que se ha de pagar por la entrada de un teatro sirve como mecanismo de exclusión, en tanto que el disfrute de la sesión es colectivo (a menos, eso sí, que delante se te ponga alguien con un tamaño de cabeza excesivo). Finalmente están los recursos de libre acceso o comunes. se trata de aquellos bienes y recursos para los que el acceso es libre o gratuito, es decir, que no se puede excluir a nadie de su difrute, pero que su uso es rival en el sentido de que el uso que hace un individuo de un parte de ese recurso común no lo puede hacer nadie más. Una playa es un claro recurso común. A nadie se le puede excluir de su acceso, pero la parte de la misma que usa una persona no la puede usar ninguna otra. Por supuesto esta clasificación es extremna, y hay recursos o bienes que son intermedios. Una playa, por ejemplo, no es un recurso enteramente común pues puede excluirse a los nudistas o las señoras con burka si así lo quiere la administración, y de igual manera, el uso que una persona hace de una determinada prenda de vestir puede afectar a otros positiva o negativamente, luego esa prenda no es estrictamente de un bien privado puro.

Ahora bien, con arreglo a esta clasificación, está claro que Barcelona es un recurso de libre acceso o un común. A nadie se le puede excluir de disfrutar de sus calles, belleza y ambiente, pero también está claro que el disfrute que se hace de ella puede afectar a otros, positiva pero también negativamente.

En efecto. La afluencia de más turistas que las plataformas de internet han permitido via el aumento en la oferta de pisos turísticos, afecta positivamente como se ha dicho a muchos "negocios", pero también hay un claro efecto externo negativo de tipo pecuniario asociado a lo que se conoce como proceso de "gentrificación": la expulsión de los vecinos que se produce a consecuencia de la subida de los alquileres y de los precios de las viviendas consecuencia de la conversión de viviendas para alojamiento en apartamentos o pisos turísticos.

Pero hay más, y es que las plataformas de pisos turísticos suponen también un efecto externo negativo de tipo "tecnológico" cual es ladesvalorización de la propia ciudad como tal ciudad, es decir como valor de uso colectivo. A partir de un cierto nivel, ya superado en ciudades como Venecia y Florencia, el turismo destroza literalmente las ciudades. Dejan de serlo para convertirse en parques temáticos, en malas imitaciones sin vida de sí mismas, en fantasmas urbanos. Esa es la tesitura en la que se encuentran ciudades como Palma de Mallorca, Paris y Roma. Ese es el evidente e inmediato riesgo que corre Barcelona. Morir como ciudad de su (pasado) éxito como ciudad.

El riesgo de Barcelona es padecer este proceso de desvalorización de lo común por sobreuso o sobre-explotación que se conoce como laTragedia de lo Común, a partir de la obra del biologo Garrett Hardin, y por el que se muestran las desastrosas consecuencias que el libre acceso a un recurso por parte de agentes que sólo buscan su rentabilidad privada sin preocuparse por los efectos que su comportamiento supone respecto a la viabilidad del recurso cuando, no es sólo uno o sólo unos pocos, sino cuando todos ellos se comportan de esta misma manera, o sea,  persiguiendo su egoísta y privado interés, al que Ada Colau parece decidida a oponerse. Sólo cabe desear que tenga éxito pues, como ya dije al final de la entrada anterior,  la pervivencia de Barcelona como ciudad depende de ello.

Ada Colau y el valor añadido

No es doña Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, una persona cuyo comportamiento deje indiferente a la mayoría. Fuera del ámbito catalán y "podemita", ha sido y es objeto de ataques persistentes. Algunos, como por ejemplo los que la hizo don Félix de Azúa, una figura a la que hubo un tiempo que respeté sobremanera tanto por sus propios escritos como por la consideración  que le profesaban gentes para mí respetabilísimas, eran tan delirantes que de modo natural se volvieron como un boomerang contra quienes los lanzaban; otros, más sensatos, han cuestionado la eficacia o tino de sus propuestas o medidas.

Me voy aquí a centrar en los que se le han hecho al respecto de su pregonada política de "hostigamiento" hacia el sector turístico en su ciudad incluyendo el gravamen de los turistas y la "persecución" de los apartamentos turísticos mediante su control fiscal o su regulación numérica simple y llana. Se ha dicho que esas políticas son un despropósito económico por perseguir a un sector pujante e imprescindible conómicamente para la ciudad de Barcelona, que son también discriminatorias e injustas pues atacaban a los pequeños propietarios de locales y pisos que podían, gracias a las posibilidades que ofrecen plataformas como AirBnB, ganarse unos ingresos suplementarios tan necesarios en estos tiempos de crisis, o que son "antiguas" y desfasadas pues pretenden oponerse a la sedicente "economía colaborativa", la última moda en esto de las cosas económicas.

Pues bien, afirmo que todas estas acusaciones que se hacen a las políticas turísticas de doña Ada Colau carecen de sentido común económico de modo que me parece difícil que cualquier economista no pueda dejar de apoyar ese tipo de políticas sea cual sea su adscripción ideológica. De igual manera, manifiesto también mi deseo de que ojalá, por el bien de los barceloneses de hoy y del futuro,  la señora Colau tenga la suficiente encarnadura (de la que parece carecer en medida similar la alcaldesa de Madrid, doña Manuela Carmena, -cosas de la edad, me supongo-, pues salvando las distancias entre Madrid -y otras ciudades- y Barcelona, los problemas aunque menos acuciantes son similares)  para aguantar los ataques que se le hacen y poner en pie esas políticas y hasta endurecerlas.

Justificar estas afirmaciones me obliga a tratar de uno de los conceptos más definitorios del enfoque de la Economía Clásica, concepto por cierto, por el que pasa de puntillas la economía dominante o neoclásica. Se  trata del concepto, tan usado por otro parte, de valor añadido que aparece subsumido en otros conceptos o variables como ocurre en el caso del Impuesto sobre el Valor Añadido o en la Contabilidad Nacional.

Para los economistas clásicos las actividades económicas productivas eran las que aportaban más nuevo "valor" a algo preexistente, las que le aportaban por ello a ese algo un valor añadido. En un proceso de producción cualquiera los que lo llevan a cabo agregan un valor de usonuevo o utilidad nueva a algo previo (por ejemplo, a unas materias primas) mediante su "transformación" en otra "cosa"  (en sentido amplio). Es evidente que la conjunción del esfuerzo y conocimiento de los trabajadores directos, junto con las tareas o trabajos indirectos de coordinación por parte de quien organiza ese trabajo colectivo, y, por último, el uso de medios de producción ya producidos o uso de bienes de capital que potencian la capacidad transformadora del trabajo humano, alteran cualitativamente o cuantitativamente algo preexistente (unas materias primas, unos productos semielaborados) o su posición física (acercándola, por ejemplo, a sus consumidores finales) , haciendo  a "esa cosa" más útil para otros.

Dicho con otras palabras, trabajadores, empresarios (u organizadores) y "capitalistas" agregan valor añadido porque modifican aumentándola la utilidad o valor de uso de lo que se tenía antes. Por ejemplo, gracias a las tareas que se hacen en una panadería y al uso de un horno, el trigo (y otros inputs) que tienen una utilidad pequeña se transforman en barras de pan, con un obvio mayor valor de uso. Y lo mismo pasa en cualquier otro proceso de producción, como por ejemplo el de hacer vino en una bodega. 

Toda sociedad se enfrenta entonces a un problema, y es el de medir en una unidad común los valores de uso añadidos en los distintos procesos de producción. ¿Que "vale" más el valor de uso adicional que supone una barra de pan o el valor de uso adicional que supone una botella de vino más? Sin una forma de comparar o medir los valores de uso añadidos en los procesos de producción no se puede tener una base adecuada a la hora de gestionar cómo repartir el trabajo social (pues parece calro que lo económicamente lógico sería repartir los recursos productivos de una sociedad entre las diferentes actividades productivas guiándose por sus respectivos valores añadidos). Por otro lado, medir con una base común los valores añadidos en las distintas producciones es uno de los  pasos básicos a la hora de repartir ese valor de uso generado entre quienes lo han producido con arreglo a algún criterio de justicia distributiva, criterio que vertebra a una sociedad.

En las sociedades de mercado, el mercado es una institución social que sirve para "reducir" o medir  esos valores de uso cualitativamente distintos en una medida comun y, a la vez, determina también la distribución del mismo entre los distintos agentes. En el mercado esos valores de uso añadidos distintos se convierten en valores de cambio o precios, lo que permite comparar  los distintos valores de uso añadidos en cada proceso de producción. El valor añadido en una barra de pan se puede comparar así fácilmente con el valor añadido en una botella de vino a partir de su precio relativo o valor de cambio.

Los mercados tienen fallos cuando no valoran "bien" o correctamente esos valores de uso añadidos en las distintas actividades productivas. Tal cosa acontece, por ejemplo, cuando hay efectos externos o externalidades positivas o negativas en las actividades de producción. Por ejemplo, en la producción de electricidad usando como combustible carbón se genera CO2 que afecta directa y negativamente a la utilidad, bienestar o ingresos de otros agentes por la contaminación y el cambio climático que generan esas emisiones. En consecuencia, el valor de uso añadido en la producción de energía electrica  no estaría bien medido por el valor de cambio que en principio el mercado le asigna, pues, como pasa con todas las producciones que tienen efectos externos negativos, habría de contarse a la hora de hacerlo con la pérdida de valor de uso que la externalidad negativa supone. Por otra parte, dado que el mercado electrico no es competitivo, los precios en él están "inflados", y no reflejan -por exceso- el valor añadido. El valor añadido por alguien que limpia o adorna la fachada de su casa haciéndola más bella a los ojos de los demás, agrega un valor añadido del que no obtiene nada, que no es valorado por el mercado. En el mismo sentido cabe señalar que los bienes públicos, cuya producción genera obviamente un valor añadido, tampoco son valorados por el mercado pues como no hay mercado para ellos no tienen valor de cambio asignado por el mismo. Y un último ejemplo, las invenciones e innovaciones o las obras de arte. Representan obviamente un valor de uso añadido, pero ¿cuánto valor "añaden" esos inventores y artistas a lo que existía previamente? Recordemos a este respecto la famosa frase de Newton "si he visto más lejos es porque estoy encaramado a hombros de gigantes". Por otro lado, si estas innovaciones son fácilmente copiables o reproducibles, su precio caerá radicalmente por lo que su precio o  valor de cambio no mide en absoluto su valor de uso o utilidad.  

Para los economistas clásicos, una cuestión económica fundamental era la forma de repartir ese valor añadido, ya medido en términos de precios o valor de cambio, es decir, la cuestión de la distribución del producto social. Observaron que, junto a los trabajadores, empresarios u organizadores y capitalistas (puede ocurrir que un individuo sea a la vez empresario y capitalista, e incluso que también sea trabajador: es el caso de los "autónomos"), que accedían a los productos gracias a las remuneraciones (salarios y beneficios) que obtenían por haber realizado las tareas productivas de esos valores de uso añadidos,  había otros colectivos que accedían también a los valores añadidos en las actividades productivas sin haber hecho nada, sin haber contribuído en nada a su producción.

Dos grandes grupos sociales constituían históricamente estos colectivos improductivos. Por un lado estaban quienes se encargaban de la gestión del uso de la violencia, es decir, los que por el hecho del conocimiento y posesión no de los medios de producción sino de los medios de destrucción podían acceder a los bienes que otros habían producido, ilegítimamente (o sea, por la fuerza o amenazando con su uso) o legítimamente (aunque tal distinción es en último término ociosa pues lo que es legal siempre lo determina en el fondo quienes dominan el "arte de ejercer la violencia"). Tal cosa podría estar justificada en la medida que, sin esa gestión de la violencia, la producción social no fuese posible ( es decir que el "trabajo" de los militares, los jueces y los policías no es un trabajo productivo, si bien puede ser en todo o en parte necesario socialmente).

Y, por otro, estaban aquellos que tenían acceso a parte del valor añadido social por el mero hecho de ser propietarios de "activos" no producidos como por ejemplo la tierra o el suelo, o por controlar el acceso o el uso a lugares donde se generan o se disfrutan de bienes o valores de uso. Los terratenientes eran los componentes clásicos y mayoritarios de este grupo en siglos anteriores . En téminos económicos se les llamó rentistasporque podían quedarse en forma de "renta" con parte del producto neto social por el simple hecho de ser propietarios de la tierra, lo que les posibilitaba el apropiarse para sí de la contribución de los "poderes generadores de la naturaleza" -como decían los fisiócratas- a la producción de bienes o valores de uso. Se quedaban con parte de lo que los demás producían sin hacer absolutamente nada de nada (no como los soldados o los jueces, por tanto), sólo por su posición social como propietarios. Cuando Proudhon afirmó que  "la propiedad es un robo" se refería claramente a ellos, porque ¿por qué eran propietarios? Si lo eran por haber heredado o por haber comprado sus propiedades, la pregunta sólo pasaba a una fase anterior: ¿por qué sus padres eran propietarios o por qué eran propietarios de ese suelo quien se lo había vendido? Al final, estaba claro que la propiedad privada inicial era simplemente una apropiación privada muchas veces mediante la violencia de lo que antes no era de nadie o era de todos los miembros de la sociedad.      

Lo dicho de los terratenientes se puede aplicar a cualquier agente que obtiene ingresos por la sola propiedad de un activo o por su posición en una red que permite discriminar a otros su uso. Keynes señalaba, por ejemplo, que los ahorradores, los detentadores o propietarios de dinero eran rentistas en forma similar a como lo son los terratenientes, pues percibían una remuneración (cobraran unos intereses) porque otros pudiesen usar de su dinero (o sea, de su propiedad) con fines productivos. La conexión entre los propietarios de tierras o terratenientes y los propietarios de dinero en tiempos del dinero metálico o del patrón-oro era clara. Ambos grupos obtenían unas rentas por alquilar sus activos físicos, unos activos escasos que otros usaban ya fuera para producir productos agrícolas, ya fuera para financiar actividades productivas.  
Para David Ricardo, el conflicto social básico, la lucha de clases, se daba entre los capitalistas y trabajadores productivos por un lado y los rentistas terratenientes improductivos por otra, pues en la medida que los terratenientes se quedasen con una parte importante del producto social que no han generado para su consumo disminuía el total de recursos que las clases productivas, trabajadores y empresarios, disponían para su mantenimiento. Un seguidor suyo, el economista norteamericano Henry George, propuso sustituir todos los impuestos por uno sólo: un impuesto único que gravase las rentas de los propietarios de tierra de modo que revirtiese a la sociedad lo que era de toda la sociedad: la Naturaleza. Como se verá más adelante, reminiscencias dede esta posición aparecen en la cuestión que aqwuí nos ocupa.
De modo similar a Ricardo, Keynes acentuaba el conflicto entre propietarios del dinero y los inversores-capitalistas, y, como Ricardo, tomaba partido por los capitalistas promoviendo lo que llamaba "la eutanasia del rentista". Desaparecido el patrón-oro, la capacidad de los propietarios de dinero de obtener rentas de sus depósitos dependía de lo que hiciese el estado. Si, por ejemplo,  éste "hacía" más dinero sucedería que la remuneración de los propietarios del dinero caería  de manera semejante a lo que sucede con las rentas de la tierra si nuevas tierras, antes no utilizables, son ahora suceptibles de uso gracias a un avance técnico que posibilita su cultivo.   

(Marx, a este conflicto social entre terratenientes y poseedores de dinero y los clases productivas agregó otro: el conflicto distributivo dentro de las propias clases productivas, el conflicto entre capitalistas y trabajadadores, que, en su opinión surgía de que aún siendo los capitalistas productivos pues el aporte de sus medios de producción o bienes de capital añadían valor a la producción, no añadían sin embargo un valor excedente, una plusvalía, que justificara sus beneficios netos por encima de los gastos de depreciación del equipo capital).  

Modernamente se está afirmando la idea de que, en los países desarrollados, los capitalistas y empresarios están abandonando sus tareas productivas acercándose cada vez a comportamientos típicos derentistas. A lo que parece, los capitalistas prefieren delegar los procesos productivos y los enfrentamientos y rivalidades propias de los mismos a capitalistas que operan en esos países menos avanzados económicamente, prefiriendo dedicar sus recursos no a actividades productivas sino a otras de búsqueda de rentas. Se habla así de uncapitalismo de renta no de beneficio. Cuando un capitalista de éxito no reinvierte sus beneficios en actividades productivas sino que los dedica a comprar edificios en zonas comerciales (las famosas millas de oro) está dejando, en términos conceptuales, de ser un capitalista productivo que actúa movido por la búsqueda de benficios para pasar a ser un rentistapues la remuneración que obtiene no procede de la producción de nuevos valores de uso sino que procede de los elevados alquileres que cobra a otros que si hacen actividades auténticamente productivas (como son las de tipo comercial que acercan a los consumidores los bienes y servicios) .
Obsérvese que esos elvados alquileres los puede cobrar el "capitalista de renta" porque se instala en una milla de oro ya existente, no porque él la cree. Un ejemplo cotidiano quizás aclare la cuestión. Hace unos días me tomé en una terraza de la Plaza Mayor de Madrid una cerveza (ahora que me doy cuenta debería haberme tomado un "relaxing cafe con leche" como recomendaba la ex-alcaldesa doña Ana Botella de infausto y delirante recuerdo). Me cobraron por ella seis euros. Por la misma cerveza, otro empresario me hubiera cobrado en otra zona de Madrid dos o dos euros y medio. La diferencia era el precio que el propietario del bar me podía poner por el hecho de que junto con la cerveza me "tomaba"algo más, un valor de uso adicional al de la cerveza, cual es el disfrute de las vistas y de la "vidilla" de esa plaza. Pero si algo está claro es que ni él ni el resto de propietarios de las otras terrazas han "hecho" o producido  esas vistas, esa vidilla, ese paisaje urbano. En suma, que ese precio extra que me pudo cobrar por la cerveza no se debe a una actividad productiva suya, a un valor de uso que él haya generado, sino que es unarenta por la situación de su bar. Hacía así exactamente lo mismo que el propietario de un terreno cuando  se "beneficia" de sus características geológicas, mineras  o de uso agrícola que él, obviamente, no ha creado.      

Pues bien, si con esta perspectiva nos acercamos finalmente a Barcelona y analizamos su sector turístico lo que observamos es que, gracias a los vuelos "low-cost" y las mejoras en los aeropuertos cercanos a Barcelona que han posibilitado el que puedan afluir millones de turístas a ella deseosos de disfrutar de una ciudad mediterránea extremadamente bella, paseable, vivible, ha sucedido que el tener un local o un piso en Barcelona se ha convertido en una clara fuente de ingresos para sus propietarios una vez los "ponen" en el mercado como apartamentos turísticos. Ingresos que, en su inmensa mayoria, son renta económica que no responde a ningún valor añadido por sus propietarios. Simplemente, esos propietarios se están beneficiando de las bellezas y estilo de vida de la ciudad de Barcelona. Bellezas urbanísticas, sociabilidad, bien-estar,... que ellos no han producido.  

Cierto que en Barcelona (como en muchas otras ciudades), hay ya instituciones y colectivos que "viven de esa renta" de situación. No por producir nada, sino por ser propietarios de algo que otros desean ver o usar  y capaces de controlar el acceso a ese valor de uso. Así, buena parte de los ingresos que percibe la Iglesia Católica por lo que cobra por la visita a la Catedral o a la iglesia de Santa María del Mar es renta en la medida que esos ingresos son más elevados que los costes de mantenimiento que la iglesia sufraga (si es que lo hace, que no estoy nada seguro y me inclino a pensar que no). Y lo mismo se puede decir de los ingresos de los propietarios públicos y privados de los muchos museos de Barcelona, que cobran por visitar sus tesoros, no por crear nuevos. Por ello, no se puede decir lo mismo de los ingresos que se recaudan por cobrar por  visitar la Sagrada Familia en la medida que se usan para financiar el proceso productivo de un nuevo valor de uso: las obras de su construcción.  

Pues bien, a estos grupos de rentistas quiere agregarse ahora, gracias a AirBnB y otras plataformas, el de los propietarios de pisos quepueden permitirse el lujo de ponerlos en alquiler turístico. Resulta obvio que los ingresos que obtienen por ellos son, en su casi totalidad, renta económica, renta que proviene de su situación, es decir, de estar en Barcelona. Lo que quieren esos propietarios es "participar en el pastel" que es Barcelona, "quedarse" con parte del valor de cambio o dinero que los turistas le dan al valor de uso creado  por generaciones de barceloneses desde el medioevo, valor de uso al que ellos no agregan nada sino todo lo contrario. Buscan, pues,  apropiarse privadamente  de un valor de uso que es común a todos los barceloneses dado que es el resultado de un proceso de producción social a lo largo de la historia: la "producción" de Barcelona. Si Barcelona es una ciudad tan bella y amable de pasear, contemplar y disfrutar se debe a los esfuerzos de los barceloneses de otros tiempos... y también, claro está, de los actuales.  

Cierto que ya hay quienes se apropian privadamente de parte de ese valor de uso común. Son los empresarios del sector hostelero.  Y por ello podria justificarse el que los propietarios de pisos privados quisiesen participar en ese "negocio" rentista. Cierto.  Pero por eso mismo tiene todo el sentido la política de la señora Colau al respecto. Pues igual que los hoteles y pensiones están regulados, controlados y gravados fiscalmente como un mecanismo para que retorne o vuelva a la ciudad al menos parte del valor de cambio que el valor de uso que es la propia ciudad de Barcelona,  que sus ciudadanos colectivamente han creado y crean, igual de controlados (en opinión de sus propietarios, "perseguidos") han de estar esos propietarios de apartamentos turísticos. De igual manera es enteramente razonable y defendible el que el Ayuntamiento de Barcelona establezca unos impuestos sobre los turistas que sirvan para financiar los recursos que la ciudad ha de dedicar al mantenimiento y reparación del deterioro que producen esos turistas en ese  "valor de uso" que conocemos como Ciudad de Barcelona.    

No será tarea fácil el que doña Ada Colau consiga sus objetivos. No sólo tiene en cuenta a sus rivales políticos deseosos de aprovechar la oposición de los propietarios de esos pisos a ser egulados y gravados. También tiene como enemigos a poderosos como AirBnB y demás plataformas en la red, que, como ha ocurrido en otras ciudades del mundo, se niegan a dar la información necesaria para que esa política de control y regulación pueda llevarse efectivamente a cabo.

Y el asunto dista de ser baladí para los barceloneses. Es algo mucho más importante que una mera cuestión recuadatoria, pues como desarrollaré en la próxima entrada, "Ada Colau y la tragedia de lo común", les va mucho en ello a los barceloníes pues la pervivencia de Barcelona como la ciudad convivial que todavía es depende fundamentalmente del éxito de la señora Colau en su política. 

La Teoría Cuantitativa de la Población y la "turismofobia"

No es la primera ocasión que traigo a colación en este blog a  Leopold Kohr. Hablé de él en una de las entradas de las que estoy más satisfecho:https://www.rankia.com/blog/oikonomia/428913-tamano-si-que-importa-1-morfologia-social . Así que no me extenderé mucho aquí en su presentación. Fue  Leopold Kohr un atípico economista ajeno completamente a la "academia", y por ende un economista original, o sea, con su propia manera de "ver" la cosa económica. A la hora de sintetizar su pensamiento basta con decir que la frase, atribuida a otro excéntrico economista, E.F.Schumacher, de "lo pequeño es hermoso", un "slogan" de uso habitual en los entornos de los radicales en los años 70 y 80 del siglo pasado era suya.

Para Kohr el tamaño de las sociedades sí que importaba y mucho y de mala manera. Todos los problemas sociales, esa era su opinión, podían rastrearse en último término a una única causa: al gigantismo y desproporción característicos del mundo moderno, de modo que si el subdesarrollo era un problema para muchas naciones también lo que denominó "superdesarrollo" lo era. Ni qué decir tiene que  la misma noción de "superdesarrollo" como una situación,  y además como una situación problemática, es no sólo absurda sino impensable para la totalidad de los economistas acdémicos, para los que más (desarrollo) es siempre mejor, de modo que la mera palabra "superdesarrollo"  no aparece en el léxico de ningún manual o diccionario de Economía. Para Kohr, por contra, existía un  rango de tamaños o  escalas apropiada para las sociedades humanas fuera del cual, cambian su forma y devienen monstruosas, inhumanas.

Pero ¿cómo se define el tamaño de una sociedad? La respuesta obvia es por la cantidad de sus pobladores, o más adecuadamente, por un indicador como la densidad que liga  demografía y geografía. La densidad, la cantidad de personas que viven en un espacio determinado, podría ser y ha sido usada como un punto de partida adecuado para empezar a pensar en el tamaño de una sociedad. Intuitivamente parecería claro que una determinada agrupación social, una ciudad, por ejemplo, deviene en inhóspita si su densidad supera alguna cifra elevada. Pues bien, aquí también Kohr ofreció una perspectiva diferente.  

En efecto, una de sus más curiosas teorías es aquella que postula algo así como una suerte de Teoría Cuantitativa de la Población (análoga en cierto modo  a la Teoría Cuantitativa del Dinero), según la cual la cantidad de personas en un determinada sociedad no habría de medirse por su número tal y como surge de los censos demográficos sino por este número multiplicado por la velocidad a la que se mueve esa gente en un espacio en un periodo de tiempo. Si llamamos a la población registrada y V a la "velocidad media"a la que se desplaza, la cantidad efectiva Q de población sería:
                                      Q = P x V
Q y P sólo serían iguales si V = 1, cuando la gente se está quietaQ es mayor que P si hay movilidad espacial. Por lo que la densidad D de población en un determinado territorio de área S sería:
                                        D = Q/S = (P x V)/S =  D' x (V/S)
siendo D' la densidad como habitualmente se mide, o sea,  población dividida por superficie.


 
El elemento clave y diferenciador de la teoría (o ocurrencia) de Kohr es  laV, la "velocidad" de circulación de  la gente, que quizás se podría aproximar por un índice de la cantidad de kilómetros recorridos por término medio per capita o sea por persona  en un determinado periodo de tiempo. Esa velocidad V ha crecido  obviamente en las sociedades modernas con los nuevos medios y facilidades para los desplazamientos. El papel de V puede quizás entenderse vía el siguiente experimento mental. Imaginemos que estamos contemplando durante un minuto la foto de una playa de esas del norte por la que la gente mayor pasea rápido (estilo Rajoy) de arriba a abajo pensando en el colesterol. Al ser una foto, la gente retratada esta obviamente quieta (V=1), y la playa -digamos- que está casi vacía, con una densidad baja. Pero ahora imaginemos que, en vez de una foto de esa playa y esa gente, lo que estamos viendo una película de la misma gente en la misma playa andando durante esos cinco minutos a una velocidad digamos que normal. La playa parecerá ahora más llena. Y si ahora hacemos que la película pase más rápido, de modo que la gente se mueva a la velocidad-Rajoy, la sensación de ocupación crecerá. Si la misma película se pasa a una velocidad superior,  como en las películas antiguas de cine mudo, sin duda que la playa iráa  pareciendo todavía más llena. Aunque la cantidad P de gente en la playa no haya variado, su movimiento hace que aumente la cantidad Q de gente que real o efectivamente la ocupa. La velocidad a la que se mueve la gente aumenta la densidad efectiva.

No todo el mundo, obviamente, se mueve a igual velocidad. Los jóvenes se muevan más que los viejos por lo general y en principio, aunque los jubilados de hoy en día nada tienen que ver con los viejos de antes. Hay gente sedentaria y hay gente móvil. Por ejemplo, los turistas suelen ser  gente que tiene una "velocidad de circulación" extremadamente alta, pues para muchos de ellos la esencia de ser turista es "no parar", moverse para "verlo" todo, para no perder el escaso tiempo de sus vaciones. No es nada extraño por ello, que en la temporada turística las poblaciones que sufren o disfrutan del turismo experimenten una sensación de agobio, de congestión, pues no sólo es que haya más gente (en términos de P)  sino que como se mueve sin parar, aumenta la ocupación efectiva del espacio. Dicho de otra manera, los 32 millones de turistas que vinieron a Barcelona el año pasado fueron "efectivamente" muchos más. No es extraño por tanto que no sólo en Barcelona sino también en Mallorca, San Sebastián y otros lugares se experimente el auge turístico como una invasión.
 
Y lo último. Está muy comprobado que la agresividad surge de modo muy espontáneo cuando la densidad poblacional crece y supera unos umbrales "raszonsbles" pues el espacio disponible per capita se ve constreñido y limitado. La velocidad que los nuevos medios de comunicación permiten, al rellenar "efectivamente" el mundo más allá de lo que dicen las cifras demográficas puede, además, estar generando las condiciones para la aparición de brotes de agresividad sin razón aparente.

La Ley de la Minoría Intransigente y el referéndum de independencia de Cataluña

Imagínese el lector que quiere organizar una fiesta para  sus cuatro o cinco amigos más cercanos. Tiene un problema y es que uno de ellos recientemente se ha convertido a la secta vegana (una secta es aquella agrupación de gentes que estima que su preferencia por un determinado tipo de comportamiento la convierte en superior moralmente a quienes se comportan de otra manera, cuando ambos comportamientos no son directamente lesivos para ningún ser humano. Los veganos son por ello una secta pues se creen mejores personas que los carnívoros u omnívoros por el mero hecho de no comer carne).

Pero sigamos. Sucede, además, que por las razones que sean no puede hacer dos tipos de menus sino que se ha de decantar o bien por uno en que hay algún tipo de alimento prohibido para los veganos o bien por uno inmaculadamente vegetariano. Pues bien, dado que sus otros amigos pueden también comer  el menu vegano (porque no son de ninguna secta carnivora), la solución está cantada: al final las preferencias minoritarias ganan la partida y todos comerán el menu vegano, y todos aceptarán además como bueno ese resultado frente a la alternativa de no comer juntos, de no celebrar la fiesta.

El anterior no es sino uno de la miríada de posibles ejemplos y situaciones donde opera la que Nassim Taleb ha denominado "Ley de la Minorías Intransigentes" por la cual ha de entenderse aquella la ley que convierte en papel mojado la popular Ley de la Mayoría,  aún -y esto es importante- en un regimen plenamente democrático. Esta ley de las minorías intransigentes viene a decir que en cualquier situación en que ha de  elegirse entre las preferencias de una minoría intolerante respecto a un tema y las preferencias de una mayoría acomodaticia, siempre ganan democráticamente (o sea, por mayoría) las preferencias de la minoría de los intransigentes. Simplemente sucede que, aunque la mayoría no prefiera el resultado deseado por la minoría intransigente, esta preferencia de la mayoría es débil, de modo que prefiere ser tolerante y acomodarse a las preferencias de la minoría intransigente antes que no llegar a un acuerdo, por lo que al final se imponen las preferencias minoritarias. 

De modo formal, esta ley la prodríamos expresar así. Suponga que hay tres personas en un colectivo ( a las que denominamos personas  I, II, III), que han de elegir entre tres opciones: A, B, C. Las preferencias de cada persona vienen expresadas en la sigiente tabla donde el signo > (mayor que) expresa preferencia fuerte, en tanto que >= (mayor o igual que) señaliza una preferencia débil o acomodaticia :
                                                                I)    A    >      C     >    B
                                                                II)   B   >=     A      >    C
                                                                III)   B  >=     A      >    C
o sea, que para la persona I -que es la intransgiente- la peor opción es la B (comer carne en nuestro ejemplo), de modo que prefiere la opción C (irse de la fiesta o no acudir a ella) antes de ver un muslo de pollo en su plato. Por el contrario, las personas I y II que comparten sus preferencias y son por tanto mayoría, lo que menos desean es que no haya fiesta o que no estén todos en ella (opción C), de modo que aunque prefieran un menú carnívoro (opción B) por encima del vegano (opción A), esta preferencia es débil, por lo que la intolerancia gana democráticamente a la tolerancia aunque esta sea mayoritaria..

Y  vayamos ahora a la llamada "cuestión catalana" desde hace ya un siglo. Los sondeos estadísticos hace unos cuantos años señalaban que la opción independista (la amparada por aquellos que se sienten exclusivamente catalanes) era defendida por una minoría, superada por una mayoría de catalanes que,en mayor o menor grado, aceptaba  también el ser españoles por sentirse catalanes y tambiénespañoles. Las tornas no sé si han cambiado en lo que respecta a a esaspreferencias de los catalanes, pero en cuanto al comportamiento de la sociedad catalana, en cuanto a hechos se refiere, el cambio ha sido radical como lo muestra la puesta en marcha del inexorable "procés". Y esto, que aparentemente resulta incomprensible  en una sociedad democrática en la medida que implica la adopción de comportamientos colectivos no respaldados por preferencias mayoritarias de la población,  puede sin embargo entenderse fácilmente como una aplicación más de la Ley de la Minoría Intransigente.

En efecto, y por seguir con el ejemplo, "igualemos" a los independentistas con los veganos. Con esta analogía quiero, además, subrayar que queda fuera de la argumentación la cuestión de la bondad o eficiencia económica de la independencia de Cataluña para los catalanes, que tantos ríos de tinta ha generado. No la trataré aquí de modo que adoptaré sobre ello una perspectiva neutral. Puede ser que sí le vaya bien a los catalanes la independencia o puede que no. De igual manera es posible que la dieta vegana sea mejor dietéticamente que las otras. Pero al igual que esto no era el punto relevante a la hora de decidir el menú para la fiesta en mi ejemplo inicial, tampoco creo que sea el tema relevante a la hora de dar cuenta de la "cuestión catalana" en la actualidad.  

Siguiendo con la analogía, digamos que un independentista es alguien que no "come" nunca comida española (opción B), lo que -como en el caso de la fiesta- supone un problema para todos aquellos que se relacionen con él y quieran seguirlo haciendo, pues han de dejar de "comer tortilla española, callos a la madrileña, bollos preñaos, percebes y nécoras,  paella y demás viandas españolas" (no es una analogía tan traída por los pelos como pudiera parecer a tenor de las estupideces que los independistas  dicen respecto a  Machado, Garcilaso, Cervantes, Quevedo,etc., y que ya se ha trducido en un primer paso en plantearse su presencia en los callejeros de algunas poblaciones catalanas, anticipo sin duda de su expulsión de las aulas, para que en su educación no tengan los estudiantes catalanes que "tragarse" sus "españolistas" obras) De modo que, por poner un ejemplo,  en una familia donde haya un joven independentista radical, al final los padres si quieren seguir comiendo con su hijo los domingos habrań de comer sólo platos catalanes (opción A) y abandonar así la sacrosanta paella dominical so pena de quedarse solos (opción C). 

Dicho con otras palabras, la opción C es el recurso al conflicto y la ruptura social de todo tipo (a nivel familiar, interpersonal, político, etc.), la opción A es ser nacionalista independista y la B es ser nacionalista moderado. Las preferencias fuertes minoritarias de los independentistas se han impuesto a las preferencias débiles de los (mayoritarios) nacionalistas moderados dando lugar a un  comportamiento de la sociedad catalana que ha avalado en la práctica de los hechos al "procés" muy por encima de la preferencia de la mayoría de los catalanes por la independencia. 

Y un último punto. Y es la cuestión del referéndum de independencia. Aquí la implicación de la Ley de las Minorías Intransigentes es obvia e inmediata. La única manera de que las preferencias de la mayoría se manifiesten claramente y de lugar a un comportamiento consistente con arreglo a la Ley de la Mayoría democrática es  realizarlo. La elección clara entre DOS opciones A y B exclusivamente, la elección entre la independencia de o la participación en España, es la única forma de superar el efecto de la Ley de la Minoría Intransigente pues es una votación secreta  que al dejar de lado la opción C, permitirá que la opción mayoritaria real en la sociedad catalana se imponga sin el efecto (algunos dirían que "chantaje") que supone la existencia de la opción C sobre la que la Ley de las Minorías se funda.

Un referéndum, por otro lado, que planteara la independencia de Cataluña respecto de España como un divorcio -por seguir un símil fácilmente comprensible-, pero no como un divorcio "por mutuo acuerdo", como parecen vender los independentistas, sino como un divorcio "a cara de perro", como suelen ser los divorcios en la realidad cotidiana.  Un referéndum pues que les exigiese a los nacionalistas moderados el tener que decidirse entre "comer de todo" o sólo "comer vegano" pero no sólo de vez en cuando sino para siempre. Me puedo equivocar,pero tengo la impresión de que en este caso, ante tal opción, sólo los veganos/independentistas radicales aceptarían la apuesta. Sencillamente se me antoja difícil el pensar que por muy tolerante que sea la mayoría de vez en cuando con la minoría, aceptara someterse a sus especiales "gustos" para siempre y en todo momento. Por volver al símil inicial, ¿qué pasaría si en vez de para una fiesta en una fercha determinada, hubiese que plantearse el menú para todos lo días?¿Estaría tan dispuesto el grupo de amigos a transigir con los gustos del colega vegano y comer siempre en ese plan?

En suma creo que permitir el referéndum de independencia  como una opción definitiva y de efectos radicales y permanentes es la estrategia más adecuada para resolver el problema que llevan planteando los independentistas en Cataluña (o en el País Vasco) desde hace ya demasiado tiempo.  No es por tanto nada más políticamente absurdo que la actitud de los partidos "constitucionales" que negarse a permitir ese referéndum. Al así proceder lo único que hacen es darle alas a que la Ley de las Minorías ocupe el papel de la Ley de la Mayoría democrática con los consabidos efectos que todos los ciudadanos de este país padecemos.